Por: Álvaro Mendoza Bermúdez.
No es difícil creer y aceptar que para poder escalar en cualquier rama del conocimiento humano debemos recibir la formación a través de un profesor. Es decir, si se es abogado, médico, ingeniero o presidente, debió ser formado por un docente; Quienes hoy ocupan cargos de poder deberían recordar que también aprendieron a leer, a escribir, a pensar y a soñar gracias a un profesor. Detrás de cada profesional exitoso, de cada científico, de cada artista, de cada juez, de cada empresario y de cada gobernante, siempre hubo un maestro que creyó en sus capacidades antes de que el mundo las reconociera.
Entonces, no entiendo por qué se quiere atacar y desconocer los derechos adquiridos, tras luchas incansables desde las calles, bajo el sol o el agua, para que fueran atendidas sus peticiones por los gobiernos de turno, los cuales han considerado que la educación es un privilegio y debe ser recibida solo por quienes ostentan el dinero y el poder.
Hoy alzo mi voz, no solo en nombre de los maestros y maestras de Colombia, sino también en nombre de millones de estudiantes, padres de familia y ciudadanos que reconocemos que una sociedad jamás podrá llamarse justa si desprecia a quienes tienen la responsabilidad de formar sus generaciones.
Ser docente en la educación pública colombiana nunca ha sido un camino fácil. Es asumir la enorme responsabilidad de enseñar en medio de profundas desigualdades sociales, de recorrer largas distancias para llegar a escuelas rurales, de enfrentar limitaciones en infraestructura, recursos insuficientes y, en muchas ocasiones, condiciones de inseguridad. Sin embargo, cada día miles de maestros abren las puertas de un salón de clases con la convicción de que la educación sigue siendo la herramienta más poderosa para transformar vidas.
Los derechos laborales del magisterio no son regalos concedidos por ningún gobierno. Son conquistas alcanzadas mediante décadas de organización, diálogo, movilización y sacrificio. Son el resultado de incontables jornadas de protesta, de marchas bajo el sol inclemente y bajo fuertes aguaceros, de largas negociaciones y de la firme decisión de defender una educación pública digna para todos los colombianos.
Por eso preocupa profundamente cualquier intento de desconocer esos derechos adquiridos. Cuando se debilitan las garantías de los docentes, no solo se afecta a un sector laboral; se golpea la estabilidad del sistema educativo, se desmotiva a quienes dedican su vida a enseñar y se envía un mensaje equivocado a las nuevas generaciones: que la lucha por la justicia puede ser ignorada cuando cambian los gobiernos.
Los derechos conquistados no pertenecen a un partido político ni dependen de la voluntad de un mandatario de turno. Son producto de procesos democráticos, del diálogo social y del reconocimiento de la dignidad del trabajo docente. Respetarlos es respetar el Estado de derecho, la palabra empeñada y la confianza de quienes creen en las instituciones.
Defender a los maestros no significa oponerse a las transformaciones que necesita el país. Significa comprender que ninguna reforma educativa será exitosa si se construye desconociendo la experiencia, la dignidad y los derechos de quienes hacen posible la educación todos los días.
Por ello, este no debe ser un momento de confrontación contra el magisterio, sino de reconocimiento y gratitud. Colombia necesita fortalecer la educación pública, garantizar condiciones dignas para sus docentes, respetar los acuerdos alcanzados y entender que invertir en los maestros es invertir en el futuro de la nación.
Hoy expreso mi respaldo a todos los educadores de Colombia (Puesto que también tuve la oportunidad de ofrecer un poco de mi conocimiento a estudiantes de la Fundación Universitaria de Popayán FUP). A quienes enseñan en las grandes ciudades y en los rincones más apartados del territorio; a quienes forman ciudadanos con paciencia, vocación y compromiso; a quienes nunca dejaron de creer que la educación puede cambiar destinos.
Que nadie olvide que cuando se vulneran los derechos de un maestro, también se debilita el derecho de nuestros niños y jóvenes a recibir una educación de calidad. Y cuando una sociedad honra a sus docentes, honra también su historia, fortalece su democracia y construye un futuro con más oportunidades para todos.
Porque los gobiernos son pasajeros, pero la educación permanece. Porque las administraciones cambian, pero los derechos conquistados con esfuerzo deben ser respetados. Y porque un país que honra a sus maestros es un país que honra su propio porvenir.
Con aprecio, respeto y admiración a mis maestr@s;
Álvaro Mendoza Bermúdez.